Hoy es 27 de enero, día que la Organización de las Naciones Unidas designó para rendir homenaje a las víctimas del Holocausto, uno de los hechos más vergonzosos de la historia universal. Y en este día especial, encontramos el momento preciso para rendir un homenaje a una enfermera que se convirtió en una heroína y que permaneció en el anonimato durante muchos años.

Las acciones heroicas de Irena Sendler no fueron conocidas sino hasta 1999, cuando un grupo de estudiantes de Kansas que realizaba un estudio sobre el Holocausto judío se toparon por casualidad con el nombre de esta mujer polaca. Pero no sólo estaba el nombre, también había un dato: ella había salvado a 2500 niños del gueto de Varsovia durante la ocupación nazi en Polonia. En aquel momento, Irena era ya una anciana, de rostro dulce y afable. Fue ese el rostro que el mundo conoció cuando se hizo pública su hazaña.

Muchos de aquellos niños, convertidos en adultos, la reconocieron en los medios de comunicación. Ellos confirmaron que fue una enfermera valiente, que se jugó la vida para salvarlos de una muerte segura.
Irena fue hija de un médico, que aunque falleció de tifus cuando ella apenas tenía siete años, logró inculcarle los valores de la solidaridad, el amor y el respeto por la vida. Los historiadores aseguran que eso pudo haber determinado su posterior oficio como enfermera.

Alemania invadió Polonia en 1939, justo en el momento en el que ella trabajaba en el Departamento de Bienestar Social de la ciudad de Varsovia. Su labor la desempeñaba en los comedores comunitarios de la ciudad.

Pasaron tres años antes de que fuera creado el gueto de Varsovia. Irena era católica, pero siempre tuvo simpatía por los judíos por lo que no dudó en ayudar, aún sabiendo que su vida correría peligro.
Como enfermera, se unió al Consejo para la Ayuda de Judíos, conocido como Zegota. Eligió paliar los casos de enfermedades contagiosas. Ante la amenaza de una epidemia de tifus, los nazis fueron permisivos con las personas que entraban en el gueto para intentar frenar la enfermedad.
Este contexto, le permitió a Irena ayudar a otras enfermeras no judías a introducirse en el gueto, pero muy pronto descubrió cuál sería el destino de sus habitantes. Por eso, buscó la manera de sacar de allí al menos a los niños.

La manera más sencilla era sacarlos escondidos en las ambulancias que trasladaban a los pacientes más graves a los hospitales de fuera del espacio controlado. Pero el riesgo era alto y tuvo que buscar otras alternativas. Los colocó en bolsas de basura e incluso en ataúdes para salvarlos. Pronto tuvo que buscar otros métodos para hacerlo. Desde colocarlos dentro de bolsas de basura hasta en ataúdes.

De los 2500 niños a los que pudo salvar de una muerte segura, Elzbieta Ficowska fue uno de los casos más conocidos. En 1942, era solamente un bebé de escasos meses cuando se le fue administrado un narcótico y la colocaron en una caja con agujeros que pusieron escondido en un cargamento de ladrillos. Sus padres murieron en el gueto y la pequeña Elzbieta fue criada por Stanislawa Bussoldowa, una conocida de Irena. Una cuchara de plata con la fecha de su nacimiento y su apodo, Elzunia, grabados fue el pequeño objeto que mantuvo a Elzbieta unida a sus raíces.

Irena siempre quiso que los niños a los que salvó no perdieran nunca sus orígenes ni su verdadera identidad. Para eso llevó un exhaustivo registro que enterró en el jardín de una vecina por si ella fallecía.
El 20 de octubre de 1943 las cosas se complicaron para Jolanta, nombre en clave de Irena, quien fue detenida por la Gestapo. Fue llevada a prisión de Pawiak donde fue torturada pero jamás reveló el paradero de los niños. Un soldado la ayudó a escapar, y fue él quien anotó su nombre en la lista de personas ejecutadas. Eso le permitió continuar con su labor como enfermera hasta que la guerra terminó, bajo una identidad falsa.
Al terminar el conflicto bélico, Irena desenterró las listas con los nombres de los niños y la entregó al Comité de salvamento de los judíos supervivientes.
Esta mujer, que estuvo condenada a muerte por realizar una labor humanitaria de gran valor, no sólo se casó y tuvo tres hijos, sino que vivió hasta que cumplió 98 años. Falleció en Varsovia en 2008.
Pocos saben que los colegas del padre de Irena, muchos de ellos líderes de la comunidad judía, ofrecieron su ayuda para el pago de su educación, pues ella antes de ser enfermera, estudió literatura polaca en la Universidad de Varsovia, de donde fue suspendida por tres años al manifestar su oposición por la segregación contra los judíos.