Hablar de enfermería es hablar de mujer, es más, el término enfermera (femenino) es reconocido internacionalmente y podría compararse dicho reconocimiento, al que ostenta el término “Enfermero” (masculino). Desde 1860, cuando Florence Nigthingale cambia la enfermería de una actividad totalmente doméstica a un nivel de profesión, hasta nuestros días, la función de las enfermeras en las instituciones de salud obedece al estereotipo del género femenino. Es decir, son “esposas, madres y empleadas domésticas” al mismo tiempo. “Esposa” del médico en su función de ayudante, ” madre” de los pacientes en su curación y cuidado y “servidora doméstica” de las instituciones de salud.

La femineidad, ha estado siempre ligada a las prácticas humanas en relación a la salud, de hecho, en la mayoría de las culturas de la antigüedad “el cuidado” de los niños, las parturientas y los enfermos en general, ha sido responsabilidad de las mujeres, mientras que el tratamiento de la enfermedad o “curación”, generalmente fueron asignados a determinados “hombres” de la medicina o sacerdotes. Históricamente partimos del supuesto teórico, verificado empíricamente, que la profesión de enfermería es propia de mujeres. Hemos asociado el acto de cuidar con el género femenino, en muy diversas sociedades y culturas, y a través del tiempo. Esta visión de la enfermería como profesión eminentemente femenina ha estado marcada históricamente por dos ideologías predominantes: una concepción religiosa sobre el cuidado y el rol social de la mujer.

Si hacemos un breve repaso a la historia de la enfermería, vemos como la práctica profesional ha sido tradicionalmente función de las mujeres. Se ha identificado la enfermería con poca valoración y prestigio, a pesar de su importancia social.

“La mujer es una enfermera instintiva, formada por la madre naturaleza” (Robinson V, 1946, citado por Donahue).

El aspecto de la crianza se ha identificado durante mucho tiempo con la enfermería. La enfermería tiene su origen en el cuidado materno e incluso el término inglés “nurse” tiene sus raíces en el vocablo latino “nutrire” (nutrir), que significa madre que cría. Este origen de la enfermera como madre perpetuó la idea de que la enfermería sólo podía ser ejercida por mujeres ya que su “instinto maternal” era el que proporcionaba el fuerte impulso o motivación necesario para cuidar a aquellos que sufrían o estaban desamparados. Las mujeres, debido a su instinto maternal, visto como parte de su naturaleza, han sido consideradas enfermeras natas, tal como evoca la imagen de la enfermera de Domínguez Alcón, con “sus principios tradicionales de vocación, caridad, altruismo, feminidad, nobleza, maternal”.

La historia de la enfermería nos muestra la influencia que tuvo el Cristianismo al impulsar conductas dirigidas al cuidado de los enfermos como un medio para garantizar la salvación eterna, que impregnó a la enfermera vocacional de una ideología polémica. Como recuerda Donahue: “se relaciona con la religión y las órdenes religiosas, la disciplina se convirtió en un modo de vida. Quienes se dedicaban al cuidado ser personas humildes, sensibles y con vocación. Con el paso del tiempo se puso de manifiesto que el amor y la dedicación no bastaban por sí solos y que era preciso desarrollar unas habilidades, actitudes y conocimientos, por lo que se crean escuelas de formación y la entrada en los  nuevos estudios en Enfermería se empezó a impulsar un carácter igualitario, así jóvenes que deseaban unirse al cuidado podrían ejercerlo como profesión. Ventosa Esquinaldo en su libro de Historia de la Enfermería, dice textualmente: “El practicante es una persona perita, con un título profesional, tan respetable como otra cualquier carrera oficial, que ejecuta las prescripciones del médico con arreglo a ciencia.”